Últimamente, coloco dos discos del mismo color entre las formas abstractas de mis cuadros. Las dos formas se convierten en una mirada que se adivina fácilmente.
Es la mirada de la encantadora de serpientes, más allá de la selva y de la melaza del confitero.
"Es el fenómeno de la pareidolia", me susurra mi vecino de taller, Guillaume Pétrou. Uno termina por adivinar una presencia humana cuando mira intensamente. Terminamos viendo cosas donde no hay nada.
La "Grande Guimauve" (Gran Malvavisco) se contonea ahora. Me clava sus ojos de fuego. Me susurra palabras melosas. Difunde perfumes embriagadores: menta, frambuesa, regaliz. Estoy demasiado concentrado para dejarme engañar.
Ateliers Carbet, marzo-abril de 2026
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